Eran las tres de la tarde. Volvía sola de mi primer día de clase. No había estado mal. No por algo Nueva York era una de las cunas de la publicidad.
Pero mi humor había decaido al salir a la calle y ver que estaba diluviando. Había sacado mi paraguas, y luchaba contra un fuerte viento. Había un tráfico terrible, y, tras varios intentos fallidos de coger un taxi, decidí volver a pié.
Apenas había recorrido una manzana, cuando una ráfaga de viento helado me arrancó el paraguas de las manos. ...
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